TESTIMONIO DE LA HIJA DE ETCHECOLATZ

"Con mi hermano rezábamos para pedir que mi papá se muriera"

Mariana define a su padre como un ser narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar. Foto Archivo
Mariana define a su padre como un ser narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar. Foto Archivo

La Plata, 10 Ene (InfoGEI).- Mariana Dopazo es la hija de Miguel Etchecolatz. En 2014, Mariana se presentó en la Justicia de Familia para sacarse el apellido del padre por las torturas que vivió en su propia casa. Hoy reclama que su "ex" padre vuelva a la cárcel.

En una nota de la revista La Garganta Poderosa, ella cuenta el infierno que vivió junto a su hermano y su mamá, conviviendo con el exfuncionario de la Policía bonaerense.

"Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror", recuerda. "Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: 'Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos”.

"Aun así, desde chiquita fui bastante rebelde, tanto que mi familia me apodó “estrellita roja”. Lo desobedecía, sí, tanto como era posible. Y a ese ritmo, se repetían sus golpes. Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: "Mirá lo que me hacés hacerte", decía", agregó.

Mariana define a su padre como un ser narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar.

"Días atrás, mientras visitaba a mi familia me enteré que ahora tendrá el privilegio de irse a su casa. Ante semejante noticia, no puedo imaginarme lo que sentirán quienes lo sufrieron y menos todavía quienes deberán convivir con él, en el mismo barrio marplatense. Sólo dos tipos de personas conocen verdaderamente a un sujeto como él: sus víctimas y sus hijos. Por eso, a mí que no me lo vengan a contar. Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata. Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hierve la sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21 centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un centímetro de sus acciones", expresó

"Como sociedad, debemos luchar para que vuelvan atrás con esta decisión inadmisible y, aún en el sufrimiento, celebro que sigamos saliendo a la calle, aunque nos lo quieran prohibir. A mis 47 años, jamás creí que sufriríamos tal retroceso en Derechos Humanos, pero la fortaleza popular es enorme y debe seguir creciendo hasta meter a cada una de las bestias tras las rejas. No se tranza con el dolor, ni se silencia el horror", menciona. (InfoGEI) Mg

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